Comentario de Alba Lanzillotto - Buenos Aires, año 2000
...lo primero que veo es el color de la tierra y también su forma difuminada. Es la tierra donde resuena el largo, triste, uniforme y melodioso canto de los vidaleros, un canto que recorre el mapa del llano y de la altura. El mapa de la soledad, de la callada lejanía, del cielo puro, azul, infinito. El mapa del viento que nos cierra los ojos para evitar el roce de la greda a veces rojiza u ocre, levantándose como en ofrenda o clamor a lo alto.
Patricia pinta, dibuja y pinta figuras, apenas con los rasgos esenciales y el mismo color de su entorno. A veces el azul del cielo y de los sueños baja a colorear sus ropas sencillas; otras es el rojo de la sangre que bulle en sus entrañas a pesar de la aparente indiferencia; o del fuego que se alza en el canto. Casi nunca un verde en la encendida aridez. Patricia pinta figuras nuestras, propias del pueblo lejano en la geografía y en el sentimiento, desconocido, natural, sin maquillaje.
Hombres y mujeres abrazando la caja, están aquí, con su canto que es grito cuando deben gritar; rezo cuando quieren rezar y llamada y dolor y esperanza. Están aquí en las acuarelas de Patricia con sus ojos entrecerrados, mirando hacia el horizonte como si buscaran allí un futuro que se les niega o un pasado que le han querido borrar para hacer mas pesado el presente que soportan.
Vidaleros, cantores de un paisaje increíble y misterioso. Vidaleros, voces del corazón que repiten el canto de estas tierras y estas piedras que seguramente hablarían si ellos callaran. Vidaleras, mujeres de alma inmensa, mujeres solitarias, silenciosas. Voces que claman en el desierto. Voces conformadas por los reclamos acallados, censurados, desoídos, olvidados de los hombres que ahogan su pena en la botella; de las mujeres encorvadas sobre la batea del pan o de la ropa; o del mortero monótonamente golpeado como si fuera otra caja.
Voces de niños hambrientos, desnudos, descalzos, mirando con toda la tristeza, esperando e interrogando. Esto es lo que puede sentirse al mirar las acuarelas de Patricia. Por eso pienso que las mismas deberían colocarse en todas las esquinas de las grandes ciudades, para que al enfrentarlas abandonemos tanta inútil fantasía; para que despertemos de ese sueño de inexistente grandeza en que se nos ha sumido tan irresponsablemente y comprendamos la doliente realidad de nuestros hermanos.